LOS PILARES DE LA EDUCACIÓN
CAPITULO 1º
LA EDUCACIÓN DE LOS VALORES
1.-REFLEXIÓN INICIAL
Es evidente la necesidad pedagógica de tomar partido explícitamente por algunos valores, de ser sin duda beligerante en la educación de aquellos valores consensuados socialmente, a la vez que comprensivo y tolerante con aquellos otros que, desde las religiones o ideologías, pretenden fomentar el crecimiento y convivencia de las personas. Éste será el modo de fundamentar los mínimos necesarios para la convivencia y posibilitar a cada cual el logro de sus propios máximos.
La cuestión está, claro, en cómo ser educador beligerante, sin ser intransigente, o comprensivo, sin ser un pasota permisivo. Ser beligerante, sin connotaciones agresivas o militaristas, se traduce por saber a dónde se quiere llegar y mantener una cierta firmeza en el intento. Ser comprensivo significa entender las razones del otro encajándolas en el propio marco de referencia, aunque no necesariamente afirmándolas.
El educador de la moral, el facilitador del desarrollo de la moral autónoma, pero con criterios, de sus alumnos, deberá moverse entre estos dos parámetros.
Con criterios significa saber que el crecimiento moral no se produce paralelo a la edad del sujeto sino que depende de cómo se haya planificado. Por tanto, la educación que posibilite tal crecimiento debe ser pensada, programada y secuenciada.
Todo ello desde cuatro vertientes, a saber, la propia del educador, que debe construir, reconocer y vivir su propio marco referencial; en segundo lugar, la social, la de la comunidad, la cultura vigente, cuyos valores explícitos o implícitos deben ser analizados; en tercer lugar, la de otros factores, como los religiosos, los de los intereses de los medios de comunicación, los de grupos organizados o no estructurados,... Y, por último, aunque no el de menos importancia, el marco que el propio alumno se construye para reconocer su entorno y sus intereses. (Fig. 1)
El educador debe pensar, pues, en sí mismo, en la sociedad y en el alumno.
La construcción del marco propio del educador puede verse facilitada, dando por supuesta su capacidad para elaborar pensamiento propio, por el marco que le ofrece su propio centro de trabajo, especialmente en aquellos centros que se rigen por un Ideario. Se supone que la vivencia de tal marco se evalúa en el día a día de las relaciones de la comunidad educativa, además de valorarse en la propia conciencia. Pero queda aún una dimensión más íntima que el propio educador debe conocer y autoevaluar en qué medida coincide, o no, con las referencias exteriores. Un educador con su conciencia dividida podrá, e incluso deberá, escenificar, dramatizar, su función docente para que se perciba como positiva, pero pronto un cierto tipo de duda le irá corroyendo y socavará su fortaleza. La educación moral permanente del educador parece importante.
Los valores explícitos de la sociedad, que representarían los de la cultura oficial, suelen venir prefijados por la normativa consensuada, ya sea en forma de constitución, de códigos fundamentales ,(como los derechos humanos,...), o de legislación ordinaria. Pero hay otros valores sociales no expresos y que pueden representar adhesiones al plan general o rechazos del plan general hechos por grupos o personas con cierta capacidad de influencia. Son estos valores, especialmente los negativos, los que hay que desenmascarar y analizar reflexivamente. Como estos últimos, los valores presentados por otros factores deberán ser también contrastados, pues no se podría dejar de ser beligerante, por ejemplo, contra un valor ofrecido que fuera destructor o claramente contrario a un valor de crecimiento humano, tal como algún derecho fundamental,...
El conocimiento del marco creado por el alumno ya no representará tanto la fuente de donde pensar un valor para serle ofrecido, sino la posibilidad de adecuarse a la capacidad del alumno para entender lo que se le quiere ofrecer. Y aquí va a estar la clave de la educación moral. Porque se puede olvidar o pasar por alto este marco propio del alumno y ofrecerle mil razones, explicaciones y juegos para que al final acepte el valor que se le quiere transmitir. Pero habrá que considerar que quizá los valores de los educadores, o de la sociedad,..., no le interesan vitalmente y entonces oirá y oirá, jugará y discutirá, como tantas veces en el pasado, pero seguirá viviendo sus propios valores distintos de los ofrecidos.
La clave de la educación moral, suponiendo que el educador sabe lo que hace y pretende educar la responsabilidad y autonomía de sus alumnos, es conocer, repensar y comenzar su trabajo por el marco referencial, si se quiere por las ideas previas, del alumno.
En la educación de la moralidad tenemos la experiencia de que los alumnos , (por no decir nosotros mismos, los adultos,...), saben lo que les decimos, saben lo que queremos que nos digan, pero viven lo que les interesa al margen de las opiniones expresadas. Tal disociación entre pensamiento y acción es el origen de muchos de los males que queremos evitar potenciando el crecimiento moral.
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