LA PIEDAD I
Breves reflexiones acerca del dolor redentor y contemplación
de algunas imágenes de Nuestra Señora.
Juan Luis Ríos Mitchell Zaragoza
Marzo 2009
Breves reflexiones acerca del dolor redentor y contemplación
de algunas imágenes de Nuestra Señora.
Juan Luis Ríos Mitchell Zaragoza
Marzo 2009
Título: La Piedad. Breves reflexiones acerca del dolor
redentor y contemplación de algunas imágenes de
Nuestra Señora.
Autor: Juan Luis Ríos Mitchell
Depósito Legal: Z-1363-2009
Autor: Juan Luis Ríos Mitchell
Depósito Legal: Z-1363-2009
Todos los beneficios que se obtengan de este libro se
ceden a la Fundación Secretaría de Caridad de la
Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, de Zaragoza.
INDICE
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1 Presentación
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2 Introducción. Las advocaciones relacionadas con la Piedad
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2.1.- Dolores, Dolorosa, Virgen de las Angustias o de las Lágrimas
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2.2.- Piedad con Dolorosa
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2.3.- Lamentación, Llanto por Cristo muerto, Pianto o Compianto
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2.4.- La Piedad
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2.4.1.- PiedadconNiñoenbrazos
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2.4.2.- Piedad de ángeles y Piedad de la Trinidad
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2.5.- Descendimiento
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2.6.- Santo Entierro
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2.1.- Dolores, Dolorosa, Virgen de las Angustias o de las Lágrimas
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3 Imágenes de la Piedad
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3.1.- Imágenes de Vírgenes de la Piedad
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3.2.- Imágenes de Vírgenes de la Piedad en compañía
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3.3.- Imágenes de Vírgenes de la Piedad con ángeles
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3.1.- Imágenes de Vírgenes de la Piedad
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4 La Dolorosa, las Angustias, la Piedad y la Lamentación: juego de reflexión lingüística
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5 Consideraciones en torno al dolor
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6 Bibliografía
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7 Anexos
Anexo I Stabat Mater
Anexo II Sinónimos de las palabras Dolorosa,
Angustias, Piedad y Lamentación
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8 Índice de Láminas
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9 Notas
CAPÍTULO 5
Consideraciones en torno al dolor
Una de las enseñanzas de la historia de la
humanidad es que resulta ilusorio pensar en la erradicación del dolor, pues, ya
sea por problemas derivados de la inestabilidad de la naturaleza, o bien por la
enfermedad que constantemente ataca a la vida, por su misma fragilidad, o
porque hay personas que no acatan el orden moral establecido, el sufrimiento
parece ser una constante para el ser humano,
una nota característica de la naturaleza humana. La pérdida, el duelo, la
soledad, la enfermedad, la extorsión, la tragedia, el trabajo, el paro, la
ruptura, la incomprensión, el fracaso, la incultura, el accidente, la
violencia, la pobreza, la indiferencia, el hambre, la desnudez, el abuso, la
injusticia y tantas otras realidades de la vida diaria, son los testimonios más
efectivos de esta consideración.
De este modo, como no somos capaces de suprimir
el dolor ni de mostrarnos indiferentes al menos ante el nuestro, los seres
humanos procuramos huir de él para no caer en la desesperación. La leyenda de
Leza termina en la desesperación, todo lo contrario de lo que ocurre desde la
perspectiva cristiana u occidental, para la que el mal, por muy inevitable que
resulte, es un revulsivo que debe llevar a un compromiso para evitarlo.
Descartamos aquí los recursos farmacológicos, necesarios, que lo alivian o
suprimen, para centrarnos en las secuelas emocionales, psicológicas, morales o
sociales que el sufrimiento produce en el que lo padece o en sus allegados.
¿Cómo hacerlo? Caben dos caminos, a
saber, uno, intentar superarlo
recurriendo a diversas técnicas habitualmente basadas en la exposición
verbal del sufrimiento sentido. En términos llanos estaríamos diciendo la
necesidad de hablar, de comunicar, de sacar a la luz el problema en los
corrillos más próximos, de acuerdo con el dicho popular de que angustia hablada
angustia que desaparece. Dando un paso más, la terapia psicológica o psiquiátrica,
coadyuvan a la superación del dolor.
Pero, otro camino es aquel en el que se
reconoce, se admite, se asume y se acepta convivir con el sufrimiento sin
dejarse abatir por él. Quizá basado en la filosofía griega clásica, y en las
filosofías orientales, este camino lleva a la consideración de la necesidad de
saber hacer del dolor algo razonable, es decir, algo que nuestra razón pueda
aceptar como normal en la vida, sin recursos mágicos, sin culpas, sin
abatimientos y con lo que es necesario convivir. Es el conocimiento profundo de
la naturaleza humana y física que, al no atribuir al dolor poderes mágicos,
proporciona una serenidad admirable a las personas que lo poseen.Una vez lograda esta sabiduría que consigue dar sentido al sufrimiento, el mundo
comienza a verse desde una perspectiva distinta y se puede empezar a utilizar
la experiencia dolorosa como punto de partida de un compromiso con el que
sufre.
Cuentan que Diógenes el cínico, para mostrar su
indiferencia y su falta de miedo al fracaso, al dolor, a la burla, fue
sorprendido pidiendo limosna inútil y absurdamente a una estatua. Pero lejos de
esta indiferencia se halla la postura de María que se compromete e invita a
comprometerse a todos con el sufrimiento redentor de Cristo. El primero afirma,
¡no me importa sufrir, desprecio el dolor!; la segunda, ¡el sufrimiento me
lleva a la compasión! Es en esta segunda dirección en la que encajamos las
escenas de la Pasión y, en particular, la de la Piedad. Porque, vista la muerte
de Cristo como una injusticia, no cabe quedarse en el llanto, aún siendo como
es una forma natural de expresar el dolor,
sino que se concluye que hay que comprometerse para restablecer la justicia
perdida allá donde lo haya sido.
A veces se interpreta la ascesis, la penitencia,
el clásico ayuno y la abstinencia, como una manifestación masoquista. Pero el
dolor redentor es justo lo contrario de una necesidad de sufrir,
pues busca un impulso para la construcción de una sociedad mejor. Es el sentido social de la Redención,
por el que, una vez redimidos del pecado trágico, o a la vez, nos muestra el
camino de la liberación del mal constante.
Los dos caminos no son excluyentes. Por un
lado, el lamento muestra la sensibilidad de la persona, su alma, su
interioridad, su profundidad emocional. Por otro, la ira, expresada no en
agresividad sino en denuncia y compromiso, expresa la convicción de la
necesidad de estar con el que sufre, la convicción de que, aunque siempre
presente, el dolor es un mal que no debe ser, la convicción de que se puede
hacer algo para no causar sufrimiento a los demás,
la convicción de que no hay que limitarse a pedir su desaparición sino trabajar
para erradicarlo.
En el caso del sufrimiento expresado por la
“Mater Dolorosa” hablamos además, siguiendo a Kazo Kitamori,
de un dolor con sentido religioso que no se queda en la muerte sino que pone a
la vida en su sitio por la Resurrección.
La Redención, de la que es partícipe la Virgen, es una muestra de amor
expresada por el dolor. Es decir,
se convierte la tortura corporal en una emoción que atormenta el alma y que,
por eso, mueve a la acción. El dolor
cede paso a la esperanza, pero siempre el amor estará unido a la cruz.
El dolor nos sobreviene. La respuesta que damos
al dolor es nuestra libertad, nuestra decisión, nuestra voluntad. El dolor no
nos obliga. Nuestra respuesta es nuestra responsabilidad. Quedarnos prendidos
en el dolor en una queja eterna o trascenderlo en beneficio de la humanidad.
Bajo este prisma, el dolor sufrido en la
Pasión, y en la “compasión” de la Virgen, vence, por el amor, el mal radical del hombre o sea, el
pecado, y ya solo queda que el hombre liberado se comprometa para, también por
el amor, aliviar el sufrimiento de la humanidad promoviendo la justicia y el
amor de Dios. Del
suplicio físico se pasa a la acción para evitarlo, si se puede.
Porque el que sufre siempre es el débil, sea
cual sea su condición, está a merced de los demás, necesita a alguien que le
acompañe en su sufrimiento.
Por eso, el sufrimiento redentor de Cristo y de
María es universal y se hace efectivo, por un lado, en aquellos que, con
corazón limpio, estén dispuestos al compromiso
y, por otro, en aquellos a los que llega su acción. Redención, salvación, espiritual,
moral y también corporal, material.
En lugar de rebelarse contra el sufrimiento,
que es la respuesta que dan algunos, como algo irreconciliable con Dios, lo más
humano es acompañar al doliente, sabiendo que no podemos llegar a saber las
razones divinas de su existencia entre los hombres. Es la contradicción que el
evangelista pone a nuestra consideración: a pesar del gozo por la vida que nace, una espada atravesará tu alma.
(Lc 2, 34-35). No condenar, sino salvar.
Sin embargo, parece claro para el creyente que,
por el sufrimiento, Dios nos mueve a sacar lo mejor de nosotros mismos.
Entonces, la cuestión está en cómo descubrir el
sufrimiento de la humanidad, en reconocer en el entorno al que sufre. Para ello
se requiere simplemente un cierto grado de sensibilidad pues las causas del
dolor son en todos iguales a las de mi dolor, bien que pueda ser diferente su
vivencia y su expresión exterior.
Sensibilidad a veces difícil de aplicar a los demás, precisamente por lo que ha
motivado el dolor, la cerrazón, el egoísmo.
Por fin, hay que añadir a la acción de
compromiso y de justicia una dosis de ternura como complemento necesario para
humanizar más, si cabe, para que la compasión sea realmente próxima al que
sufre. De algún modo, al final se cierra el proceso, se vuelve a la piedad en
el sentido que en un principio no se quiso abordar como es la del amor de una
madre por su hijo no necesariamente sufriente, a la piedad maternal. Por mucho
que se haga, si no se hace por amor o con amor, resulta una acción vacía, como
bien nos recuerdan, entre tanos otros, San Mateo, San Juan y San Pablo. La
caridad, el amor, es sentir que el otro nos afecta, es implicarnos con el
prójimo, es una actitud vital. Incluir la ternura en la acción justa es introducir
el sentir, la emoción, el sentimiento, en el frío mundo de lo racional, del derecho, de la política, de lo
laboral. En realidad, es adquirir más capacidad para hacernos sensibles a la
realidad y al sufrimiento de los demás, a la investigación y a la lucha contra
lo que causa el mal, es dotarnos de un “corazón de carne”, como dice el profeta
Ezequiel.
No suele ser muy frecuente este
detalle cariñoso en las imágenes habituales, pero queda muy bien representado
en la postura de las manos de la Virgen acariciando, una de ellas, la cabeza de
Jesús y la otra una de sus manos, en la Piedad de Albreigh. También podemos
descubrir , aparte del dolor, un rasgo de ternura en la Piedad que encontramos
en San Antonio el Real, en Segovia.
(Fotos 113 y 114)
Por otra parte, solo Cristo, María y los presentes
en aquel trágico momento pudieron sufrir física y espiritualmente de modo
directo. Para que la Pasión mueva hoy las conciencias no basta con el relato
evangélico, literario, casi intelectual, sino que se precisa verla de algún
modo, sentirla, sumergirse en ella y el modo más eficaz es plasmarla en el
arte,
en la pintura, en la escultura, en el drama, en la poesía y en la música. Así se cumplen las dos
funciones, por una parte se ve, se siente, se descubre el sufrimiento, incluso
se puede lograr la compasión y, por otra, se sublima, se trasciende, lo que
ayuda a huir de la desesperación y a encarnarse por la acción en el mundo de
hoy.
El arte que revive el dolor da paso a una moral,
a una denuncia que tanto ayuda a trascender el dolor de aquellos que sufren hoy
y así no quedarnos atenazados por el pesar. Es una ayuda para poder continuar
la vida con el compromiso de mejorarla.
Como conclusión, se podrían compendiar estas ideas con las de la
Encíclica de Juan Pablo II, Salvifici
Doloris, que sintetizo también en estas tres:
1ª Asumir el sufrimiento
como algo inseparable de la existencia humana.
2ª Darle sentido para
una conversión hacia la justicia y el orden moral.
3ª Salvar
al que sufre.
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