La Piedad II. INDICE e INTRODUCCIÓN. Segundo libro de reflexión para cofrades.

LA PIEDAD
II
Meditación con la teología de la Redención de fondo.
JUAN LUIS RÍOS MITCHELL
ZARAGOZA 2016
Título: La Piedad II. Meditación con la teología de la Redención de fondo.
Autor: Juan Luis Ríos Mitchell.

[El presente título es una revisión y remodelación de: Zaragoza 2010. La Piedad II. Breves reflexiones con la teología de la Redención de fondo y la contemplación de algunas imágenes de calvarios. Con el comentario al margen de Jn 4, 20-24. Depósito legal: Z-2234-2010].
Zaragoza octubre de 2012. Depósito legal: Z-1992-2012
Todos los beneficios que se obtengan de este libro se ceden a la Fundación Secretaría de Caridad de la Cofradía de Nuestra Señora de la Piedad, de Zaragoza.
ÍNDICE
Introducción
  1. 1  Redención y sinónimos
  2. 2  ¿Por qué necesitamos una Salvación, una Redención?
    ¿Quién nos libera, quién nos redime?¿Cuáles son los resultados?

  3. 3  María
    Espiritualidad mariana en la Cofradía de La Piedad, (Zaragoza)

  4. 4  La Iglesia
    Espiritualidad eclesial en la Cofradía de La Piedad, (Zaragoza): el sentido de Iglesia Espiritualidad social en la Cofradía de La Piedad, (Zaragoza)

Índice de Láminas Bibliografía
Introducción
En el primer volumen, La Piedad. Breves reflexiones acerca del dolor redentor y contemplación de algunas imágenes de Nuestra Señora, traté sobre todo de dar un enfoque social y un poco moralizante al tema de la piedad que el sufrimiento hace brotar. A partir de imágenes de la Virgen sufriente, bajo la advocación de Piedades, Angustias, Dolorosas o Lamentaciones, por la presencia del Hijo muerto en la cruz, hacía un recorrido por lo que la visión y el padecimiento de ese dolor provocaba en ellas y ellas nos transmitían, llegando a la conclusión social que podríamos resumir como en dos reflexiones, a saber, “nunca más hacer sufrir a otro para conseguir un beneficio propio” y “ayudar al que está sufriendo”.
Ahora, en esta segunda parte y siguiendo la línea de brevedad y de sencillez expositiva del anterior, me inclino más a una reflexión que parta de la teología sobre el sentido del sufrimiento redentor de Cristo, que no anula lo expuesto anteriormente, sino que lo confirma y le da su auténtica dimensión. Será el tema de la Redención, íntimamente relacionado con el de la salvación, de la liberación y del perdón. En este caso las imágenes se centrarán más en la figura de Cristo crucificado y en lo que significa la cruz en nuestra cultura occidental, de modo que podemos verla no sólo en las iglesias y museos sino también en las calles, en los cruces de caminos y en las cimas de las montañas. No es un tratado de arte, por lo que las imágenes se ofrecen sin orden cronológico, ni de autor, ni de estilo y con una mínima referencia de su procedencia. Son imágenes que mueven a la contemplación y a la devoción popular. Todas ellas, si no se dice lo contrario, son originales del autor del texto. Se podrían incluir muchas más pues la imaginería popular en este terreno es amplísima, pero, al igual que en el tomo anterior, se ha decidido por una breve muestra de lo que el arte religioso nos ofrece.
Al aportar imágenes introducimos, como se hizo en el tomo de “las piedades”, una dimensión estética, de contemplación de arte “bello” y tendríamos que matizar, porque aquí viene a cuento, la expresión de Dostoievski: “la belleza salvará al mundo”. ¿Hay algo bello en el cuerpo destrozado de Jesús?¿Hay algo bello en el sufrimiento de la gente? Podríamos decir que sí que hay que redimir al mundo por la belleza, pero por la belleza “del gesto, de la inocencia, del sacrificio, del ideal”, frase con la que François Chan termina su libro comentando el cuadro de E. Quarton, “La Piedad de Avignon”, (1455). Póngase esa belleza en la justicia, en la dignidad, en la generosidad, en la solidaridad, en la misericordia, en la nobleza del alma, en el goce del bien. Pásese de la contemplación estética a la acción por la justicia y la misericordia.
Y, así, pasamos de la contemplación artística a la conciencia, a la responsabilidad y a la acción personal, pues ya no vale sólo el templo, lugar primero de residencia del arte sacro sino la fidelidad personal al plan de Dios, como nos narra San Juan al final del “Apocalipsis”. Hablaremos de la Redención como un cambio, una conversión, una vida nueva que Jesús nos ofrece.
“Por tu Santa Cruz nos redimiste”, recitamos en la liturgia de Semana Santa y se nos recuerda constantemente con las imágenes de calvarios y cruces. Es esta dimensión que recoge la primera parte del subtítulo del tomo primero: “Breves reflexiones acerca del dolor redentor...”, la que procuraré desarrollar ahora.
La contemplación de una cruz debe ser, para nosotros, el recuerdo de la trágica muerte de Cristo y, a la vez, de la Buena Noticia de la Redención, de acuerdo con los versos bíblicos anteriores y de su significado explicado en las páginas siguientes: centrados en Dios y volcados en el hombre.
Tratar el tema de Jesús de Nazaret, así como cualquier otro de cualquier otro personaje histórico, requiere hacer un trabajo historiográfico o biográfico, pero Barón, Bultmann, Malet, Meier, citados por J. M. Castillo, nos enseñan que, además de ser un trabajo casi imposible, hay que distinguir entre hacer historia como un científico, por una parte, y mostrar la historia de una convicción, por otra. Así, las siguientes reflexiones van más por el camino de los convencimientos, con lo cual se pueden abrir también hacia perspectivas religiosas, místicas, humanísticas y sociales, conscientemente en el seno del cristianismo aunque otras tradiciones religiosas pudieran darle un matiz diferente, como podemos leer en L. Boff, en Ch. Wackenheim y otros.
Por fin, Jesús nos enseña que a Dios se le encuentra en el hombre, especialmente en el que sufre o es objeto de injusticia, en el que más necesitado está de amor: Deus caritas est. De aquí ha surgido el concepto de caridad, amar al prójimo, ayudar al que sufre y no hacer sufrir maliciosamente a otro, como decíamos anteriormente. Y aquí introducimos la nueva idea: ello es obra de la justicia. Caridad y justicia muestran el amor de Dios.
Pero, ¿cómo puede convertirse, sin más, el sufrimiento en algo redentor? Volveremos a lo mismo: el sufrimiento es algo que la vida conlleva. Desde siempre, teólogos, filósofos, moralistas, escritores, etc., desde las más divergentes posturas así lo confirman. Sufrimiento por la vida misma, sufrimiento por el adverso entorno natural en el que se desarrolla la vida, sufrimiento causado por el propio ser humano con sus injusticias, abusos, afán de poder y de lucro desmedido, errores, etc. Queda evidente y, como tal, obviado en este momento, el poder de Dios para transformar el sufrimiento, el dolor, la pena, el mal sufrido, en gracia. Sin embargo, el conocimiento cristiano actual de Dios es el de un Dios que no quiere el mal, el pecado, el sufrimiento. Hay una reflexión de Rafael Gómez Pérez que yo cuestiono porque pienso que el mero hecho de sufrir no salva a nadie. Debe haber algo más. Para empezar, como dice L. Verzé, así como el enfermo se fía, se pone incondicionalmente en manos de su médico, así el que sufre, para unirse al sacrificio redentor de Cristo, se debe poner en manos de Dios, confiar en Él, como Abraham, sin saber el por qué de ese aparente desatino que le propone Yahvé, (Gn 22,2) Es necesario “armarse” con la oración, con la acción, con los sacramentos, para que el mal, el sufrimiento, no nos supere ni nos aniquile con su fuerza, como dice E. Carrère en su novela “El Reino”. Luego, experimentar y aceptar el dolor siendo inocente para que otro pueda aceptar, dar sentido y superar el suyo ya es abrir un camino a la reconciliación, a la redención. El sufrimiento no hace crecer al hombre, es el hombre quien puede acompañar el sufrimiento con un sentido. Jesús lo hizo y hay también muchos seres humanos que son inocentes y sufren y sufren por otros. Una primera conclusión es que a pesar del sufrimiento se puede encontrar una tabla de salvación. Jesús nos enseña que esa salvación para nosotros es la fe, la entrega absoluta, la confianza plena en el Padre que no nos abandona a pesar de todo, como a Job. En segundo lugar, el dolor nos hace conscientes del mal que nunca debemos infligir a otros y, así, nos podemos ver liberados, redimidos, de esa trágica inclinación a dañar al otro. Jesús presentó la otra mejilla e hizo guardar la espada a Pedro. En tercer lugar, superar el sufrimiento es, también, superarnos, trascendernos, buscar una visión nueva del hombre y del mundo, hacer realidad la hermandad de los hijos de Dios, liberarnos de lo que nos impide desarrollarnos como seres humanos, desprendernos del lastre que no nos deja evolucionar. Jesús


nos redime porque sufre el sufrimiento de los hombres, carga sobre sí el sufrimiento de los hombres y presenta ante al Padre una humanidad sufriente que renuncia al mal. Su sufrimiento, aceptado por el Padre, no es redentor sin más sino porque ofrece a quien se une a Él una vida nueva, liberada del pecado, es decir, de todo aquello que nos separa de Dios y del prójimo, desprendida de las ataduras deshumanizantes y le hace capaz, con fortaleza, de tomar las riendas de la propia vida espiritual, física, mental y social de acuerdo con sus propios criterios. El sufrimiento redentor es signo de esperanza en una humanidad mejor. Esta esperanza no explica el mundo en el que estamos, lo trasciende, pero no nos aparta de él, nos exige vivir en él.
Nos gustaría que no hubiera problemas, que estuviéramos curados de toda enfermedad, injusticia y sufrimiento, pensando que lo que nos alivia el dolor nos protege como en una urna esterilizada. Pero, en realidad, aquello que nos duele, si no nos dejamos abatir, es lo que nos hace estar vivos fuera de la urna, en el mundo, comprendiendo el sufrimiento del mundo, conviviendo con los que sufren y procurando no ser causa del dolor ajeno. Así, la “enfermedad” nos hace crecer.
Pero también tenemos que recordar la liturgia del Pregón Pascual que con gozo canta: “¡Oh feliz culpa, que mereció tan grande Redentor!”, texto tomado de Sto. Tomás. Porque si hablamos de no hacer sufrir a nadie, ¿cómo es posible que cantemos el sufrimiento de Jesús, como diciendo, lo hacemos mal pero ya está Él para salvarnos? ¿Acaso no hubiéramos tenido mediador, contacto con Dios, si hubiéramos sido justos? La Redención abre el camino de la liberación del hombre ante Dios, pero tenemos que interpretar a Sto. Tomás con San Pablo en su carta a los Romanos: “Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia”. Es decir, reconocemos el pecado, la injusticia, el mal, la lejanía de Dios, y nos forzamos por remediarlo con la fuerza, la gracia, que Cristo nos transmite. Al pecado, a la muerte, le sucede la resurrección. Sin dejar de vivir aquí, sin esperar a la otra vida, nos lleva a vivir en un estado superior.
Estas son, pues, unas reflexiones que han surgido inicialmente para ofrecerlas al cofrade de La Piedad y ayudarle en sus propias meditaciones. Como en el tomo anterior dedicado a la Virgen, espero del lector la capacidad crítica para aprovechar lo que le parezca oportuno, para pedir explicaciones de aquello que no vea claro y para aportar su propia vivencia. Con esto, cualquiera, aunque no cofrade, puede aprovechar la lectura de estas líneas. Sin embargo, aunque no necesario, para comprender bien las páginas que siguen es importante tener una vivencia de fe. Eso se espera del cofrade y a eso se invita al lector. Nuestra religión es un ejercicio de amor al Padre y al prójimo, que conlleva una moral religiosa y una moral social y, ambas, nos dicen que no podemos ser imparciales sino que tenemos que “mojarnos”: es un acto de adhesión al plan del Reino que Jesús nos desvela. De otro modo, la religión quedaría como una mera superestructura apta para manipular.
A diferencia del tomo anterior, en éste he incluido en los capítulos tercero y cuarto unas breves referencias a la espiritualidad de la Cofradía tomadas de las palabras de los Consiliarios y del Hermano mayor.
Por otra parte, parece estar este documento en sintonía con la convocatoria de este año como Año Jubilar de la Misericordia, dispuesto por el Papa Francisco. 

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